Si viajar es la puerta a la aventura, viajar en barco es el zaguán de la aventura trepidante.
Hay algo mágico en subir a bordo de una nave, aunque sea una sencilla barca del estanque del Retiro, algo que nos empele a entrar en las entrañas de la propia existencia, pero en la que se palpa en primerísima persona los entresijos de la existencia. Y la embarcación se convierte en el vehículo con el que los deseos de libertad se desatan y establecen el rumbo del viaje, ya que no se precisa de fuerza animal ni combustible, ni se siguen caminos o carreteras marcadas, ni siquiera hay lindes fronterizos ni aduanas. Se trata del mar y el ser humano ante él.
Recuerdo de niño cuando alucinaba con las películas de Burt Lancaster en El temible burlón, o aquel verano que me leí La isla del tesoro, con todos aquellos piratas y bucaneros con loro y pantalón a rayas que abordaban tantas naves viesen y se enfrentaban a enemigos deseasen a lo largo y ancho de los siete mares. Esta imagen del pirata libertario, aventurero y algo mesiánico se lo debemos al Romanticismo y a las ansias de personificar la idea de libertad. Idea de libertad que entronca con el mar, la embarcación y el tripulante que la gobierne.
En cuanto veo un barco me viene a la cabeza ideas de aventuras, de navegar por el mar, con el horizonte siempre inalcanzable.
¡¡Y solamente voy por la entrega nº 20 de Soleil Royal!! Poco a poco, grumete…










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